sábado, 25 de febrero de 2017

Nada

Nada es más satisfactorio que prender la tele, que no haya nada interesante para ver, que toquen la puerta, abrir y que pregunten “¿acá es la casa de Vicedo?”, decir, “no, es al lado”, volver y ver que en la tele empezó el festival Woodstock, transmitido por MuchMusic.

Nada es más místico que tocar la guitarra con cinco personas más que acaba uno de conocer, sentados todos en el piso, en una noche inesperada, que conviden con un vinito o una cerveza, que todos sepan las canciones y todos canten, pero repito, personas que acaba uno de conocer, y sin embargo, ver en cada uno de los otros espejismos de uno mismo y percibirse como si los conoce desde siempre, de toda la vida, y al rato olvidar que existe un afuera de esa ronda de personas, de ese espacio de piso.

Nada es más especial que ir a un recital y ver como los pies se salen del suelo porque la adrenalina es mucho más, y sentir a la gente apretujar, a todos contra todos, y estar en el medio del tumulto y los gritos, y percibir que ningún rato es más feliz que ese.

Nada es más satisfactorio que llegar a las 7 de la mañana un sábado, con los ojos y los pies rotos, abrir la heladera y encontrar una pizza que sobró la noche anterior, y bailar con la pizza en la mano porque eso no sucede todos los días.

Nada es más grato que divisar por el mirador cuando golpean la puerta, y no atender si no es alguien esperado o interesante, dar la vuelta y regresar al comedor como si nada.

Nada es más bello que comer mandarinas en el pasto con el sol de invierno a las tres de la tarde, recordando cómo se sentía tener cuatro años aquel verano donde tragar las semillas significaba que iba a crecer una planta en el estómago.

Nada es más hermoso que oler flores del patio escuchando Verde llano, de Spinetta, y bailando cual danzarín de las aguas marrones del Paraná, con milanesas de pollo cocinándose dentro de casa.
escrito en May./2011 aprox.

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